En la Comunidad Valenciana, el modelo agrícola basado en minifundios (parcelas pequeñas y dispersas) ha sido tradicional. Pero hoy, con los precios en origen estancados y los costes de producción al alza, muchos pequeños agricultores se ven obligados a abandonar sus tierras de cultivo.
Rentabilidades ajustadas, dificultad para mecanizar, imposibilidad de acceder a ciertos mercados y escaso margen para negociar…
¿Cómo puede competir un agricultor con 2-5 hanegadas frente a grandes operadores?
Ante esta realidad, surgen preguntas clave que merecen debate:
En los últimos años, los márgenes de rentabilidad de la citricultura tradicional valenciana han llegado a un punto crítico.
Muchos agricultores trabajan a pérdidas o apenas cubren costes.
El modelo mayoritario (basado en pequeñas explotaciones familiares y sistemas de producción tradicionales) enfrenta serias dificultades estructurales.
La falta de relevo generacional acelera el abandono progresivo de parcelas.
El minifundismo tuvo sentido en su contexto histórico y social, pero en el escenario actual impide:
Esto limita drásticamente la capacidad del pequeño productor para competir, incluso dentro de estructuras cooperativas.
Dos caminos aparecen como alternativas viables:
Como asesores, técnicos de campo, gestores agrarios o responsables de cooperativas, debemos abrir el debate más allá de lo agronómico.
La rentabilidad no depende solo del estado sanitario de la parcela, sino del modelo estructural en el que se inserta.
Es momento de pensar en clave de unidad, gestión eficiente y visión a largo plazo.
La viabilidad del sector citrícola valenciano depende de dar el salto de la producción individual a modelos coordinados, rentables y resilientes.
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